martes, noviembre 22, 2016

El Taita Technicolor

Le hacía el amor a Marilyn en un hotelito de La Parada. Bailaba tango con patilargas que de día dormían en la revista Esquire, pero que de noche saltaban del couché, y convertían su habitación en un palacio del placer inocuo, desde donde se veía a los gallinazos picotear a los pericotes.

Brindaba con manzanilla y café con leche, pintaba putas, retrataba locos, dibujaba mendigos. Le guiñaba al mundo desposeído y en ese trance era feliz. Le encantaba el arrabal, el pueblo joven y sus casitas sitiadas por la miseria, pero teñidas con la alegría de la pintura satinada.

Víctor Humareda amaba los colores achorados, esos destellos que recogía en San Cosme y en las calles de una Lima que ponía a secar sus fustanes en los balcones, que cambiaba los baguettes por toletes, y que comenzaba a dejar el casimir para vestirse con gabardina.

Eran los años cincuenta y la ciudad de los Miró, Berckemeyers y Marsanos, recibía con los brazos cerrados y el ceño fruncido a Quispes, Mamanis y Yupanquis. Se vivía una metástasis de polleras y emolientes en las esquinas, esas mismas que antes fueron territorio de los chinos y sus chucherías. El escenario del maestro del expresionismo peruano, era la cholificación de la Lima blanquiñosa. Un nuevo orden al que todos, menos él, le daban la espalda.




Es medio día en la Plaza 2 de Mayo y Humareda camina presuroso donde su casero. Nunca le compra nada tangible, sólo se arrellana contra la pared, cierra los ojos y disfruta de la música que escapa de una radiola. El tipo vende vinilos de los maestros de la música clásica. Humareda no compra, solo escucha con cierto placer amniótico las melodías de Beethoven, Mozart o Strauss.

Hace años que descubrió el placer de los clásicos de la música y la pintura. Sucedió mientras estaba en París, pero sobre todo en Buenos Aires, donde afinó su estilo con Quinquela Martín, de quien aprendió el placer por la periferia y el mundo popular, por los personajes de supervivencia y ese cosmos pancromático que sirve para menguar la palidez sobre la alacena.

Por eso, ahora anda enamorado de la estética de la antiestética que siembran los migrantes de segunda generación en plenos setenta. Humareda recorre el centro, recala en los prostíbulos del Callao, conversa con desquiciados y estibadores en La Victoria, se tiempla de casquivanas rubias, y apunta en su libreta cada detalle para no olvidarse de lo esencial: el amor y la felicidad. Y es que él sabe, como dice la canción de Leo Dan, que en cuanto llegan se van.

Corre a su cuartito que a la vez es su atelier y comienza a pintar con la aprensión de un afiebrado. Como a quien le ha sido revelado un designio que debe replicar al instante. No importa que el casero lo amenace con botarlo del 283, si los periodistas vuelven a referirse al Hotel Lima como un hotelito de mala muerte. Dice que le sacará la chochoca y le hará ver al diablo calato. No acusa recibo. Bocetea, pinta y le dice a Marilyn que el cuadro está quedando como Dios manda.




Los mozos del bar Cordano lo conocían de sobra. A pesar de su aspecto bohemio y su pinta de dandi altiplánico, Humareda nunca fumó ni tomó, ni tampoco se le vio bailar pegado. Era más bien abstemio, romántico y bonachón. Herman Schwarz, fotógrafo y amigo del pintor, lo recuerda como un ser solitario, de buen humor, pero dueño de una paranoia muy particular.

“No permitía que nadie invadiera su privacidad y si alguien quería hablarle, siempre citaba los jueves entre las 2 y las 4 de la tarde, que era el horario en que cambiaban las sábanas de su cuarto, y él tenía que supervisar que no ordenaran el desorden que tan ordenado estaba”, recuerda Schwarz, quien tiene los mejores retratos que existen de Humareda.

Maniático de la puntualidad y dueño de una vasta producción, fue precisamente esa compulsión por capturar personajes desclasados la que terminó por pasarle la peor de las facturas. Los gases de chisguetes de óleo y de diluyentes que guardaba al lado de su cama, complotaron y devinieron en un brutal cáncer a la laringe que terminó matándolo el 21 de noviembre de 1986, en una cama del Hospital de Enfermedades Neoplásicas, sin Marilyn en la pared ni el retrato de su madre bajo el colchón.

Humareda se fue dejando más de dos mil lienzos y bocetos en los que, como dice el crítico Jorge Villacorta, queda explícito que el puneño tenía grandes referentes como Van Gogh, Goya, Rembrandt o Picasso, pero a diferencia de pintores mediocres, él impuso su huella dactilar, un estilo propio y con tanta personalidad que muchos gallinazos (y no los que se veían desde su ventana en el hotel Lima) aterrizaron para robarle sus cuadros. La leyenda urbana dice que el pintor Eduardo Moll fue uno de los que más se aprovechó de Humareda, pero es leyenda al fin y al cabo.




“La lucha por la vida tiene mucho color, voy a pintarla. Muchos tienen una imagen de lo que no soy. Como tengo imaginación vivo feliz. Si viviera de otra forma no sería Humareda, es la vida que he escogido. El arte es un apostolado y estoy imbuido de belleza, amo la vida, todo lo que me inspira y emociona. No le temo a la muerte porque es un punto de partida a la eternidad”, repetía el maestro en sus entrevistas, mientras le tomaban fotos en su sillón de Sócrates, una destartalada butaca a la que el cholo le devolvió la dignidad.

Humareda apostaba por vivir intensamente la vida que uno realmente quiere y no la que nos impone la necesidad. Sabía que hay formas de sobrevivir dignamente y de vivir sin dignidad. La felicidad no sabe de cuentas bancarias, sino de recuerdos lesos, de tangos bailados en la oscuridad o de amores eternos con casquivanas que dejaron de serlo cuando dijeron que sí. El cholo pintaba entre hombres sudando y Marilyn enamorando, disfrutaba de París y La Parada sin chistar. Su mundo no conocía la banalidad, era el planeta del color y la patria de la felicidad.


Crónica publicada en El Peruano, noviembre de 2016

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